El Nacional - Sábado 15 de Julio de 2006 Papel Literario/4
 
<% end if end if %>

Papel Literario

EL PAÍS VISUAL

Disculpe, ¿quiso decir fuera de control?



Karina Sainz Borgo
ksainz@el-nacional.com



Más de treinta artistas participantes; ninguna línea curatorial manifiesta. Seis creadores apilados —sin mayores intenciones reflexivas— en la galería de los ganadores de ediciones pasadas, a la manera de un lote resuelto de antemano. Un montaje sin “intenciones periscópicas”, aunque prolijamente miope. Casi una década de arte contemporáneo venezolano despachada, rápida e impunemente, bajo la disculpa de “la contemporaneidad en pleno curso”. Balance fuera de balance, la novena edición del Salón Cantv de Jóvenes con FIA, es en efecto un ejercicio expositivo donde la capacidad de reflexión, identificación y deglución le fue endosada, a su propio riesgo, al espectador, a quien, por cierto, le queda servida en bandeja de plata la coartada de la guarandinga, esa operación de economía mental en la que lo contemporáneo lucirá, siempre, hiperbólico y sin sentido.

Los artistas corrieron con la peor parte. La misma indefinición curatorial que protegió e hizo pasar desapercibida la debilidad de unos, opacó la fuerza de otros. El montaje no cede, ni siquiera, a la contradicción; tampoco apuesta a la equivocación. Deja pasar preguntas evidentes y se detiene, en cambio, en lugares comunes, en entretenimientos plásticos, verbigracia:
Ovalles y el sucio capó de su carro robado. La muestra no comete el error, pues no contempla intención ninguna de resolver nada: apila, sólo eso. Su propuesta se reblandece en lo actual como aquello que goza del privilegio del mientras tanto. Balance fuera de balance, reza el título de una muestra que pende de dos categorías: aquello que puede —según la curaduría— someterse a ponderación (porque ya ha sido previamente reconocido), y una segunda sección, el salón en sí, que capitaliza el desorden —la emergencia, dice el texto de catálogo— como mayor proposición visual. Porque ahora resulta que todo es volátil. ¿No ha sido así siempre todo aquello que está por someterse al análisis? ¿Balance fuera de balance? Disculpe: Balance fue de control.




Accidente curatorial
Dos fallas estructurales dominan el salón. La causa y la consecuencia del caos se reciclan, se confunden. El desorden se paga y se da el vuelto. Una selección poco consistente e irregular de artistas participantes quedó reforzada por un montaje confuso que administra, intermitentemente, la congestión y el desaprovechamiento.

He allí el primer punto: la ausencia de líneas o propuestas visuales claras produjo grumos en lugar de grupos y donde existía un resquicio de sentido incrustó una buena dosis de vacío. La sección de los artistas ganadores de ediciones anteriores produjo que obras como la de Alexander Apóstol estuviesen no sólo diluidas y apartadas espacialmente, sino que llega incluso a desvincularla del trabajo previo que ha conducido a Apóstol hasta esta etapa de su búsqueda plástica. De Residente pulido a esa entrevista casi documental a Mariana Bunimov, existe una trama de eventos reflexivos ignorados y obviados, información que el espectador necesita y que sólo aparece referida desde el punto de vista formal: “Alexander Apóstol, a partir de un ejercicio muy personal de la fotografía, ha venido incorporando el video a sus reportes del mundo”, reza el texto de catálogo, como si eso fuese suficiente.

La investigación progresiva que Apóstol ha hecho de lo urbano como proyecto colectivo quedó achatada, sin explicación o reflexión alguna que sugiriese el camino previo de reflexión plástica. Juan Araujo padeció el mismo equívoco. Su obra intenta, sola y desamparada, abrirse sentido sin una bisagra comunicadora de lo que su minucioso menester del paisaje pretende. Fénix o la psicología del fuego, la obra de Nayarí Castillo, no sólo quedó perjudicada por su ubicación marginal en sala, sino por la propia descoyuntura dentro de la obra de una artista cuyo proceso visual —en sí mismo complejo— mutó, a efectos de este salón, en pequeña y discreta peripecia del video.




Siniestro curatorial
Si el accidente comporta una carga de error, el siniestro curatorial remite al destrozo. Escena uno, para los peritos:
en un mismo espacio conviven instalaciones cuya proximidad anula el efecto expresivo individual de las obras. Por ejemplo, la excesiva cercanía entre Autorretrato criminal, de Sandro Pequeno, y Mini Miss Venezuela, de Porno Colins, produce confusión, no sólo por el ruido que genera una pieza sobre la otra, sino por la distorsión visual implícita que subraya la visibilidad de la segunda en detrimento de la primera. Lo mismo ocurre, al menos desde el punto de vista esencial (la congestión sonora) con Überich, de Eduardo Kairuz, y d3 de Marcos Mujica: el audio del video de Mujica perturba y opaca el efecto instalativo pretendido por Kairuz.

Escena dos, para los peritos: aglomeración versus desolación. En el montaje quedan grandes espacios baldíos, mejor dicho desaprovechados, que produjeron que trabajos como Teleasuencia, de Carlos J. Gómez de Llarena, permanecieran apartados y sometidos a una desconexión grupal que, lejos de beneficiar la intimidad requerida por la pieza de Llarena, terminaron por marginalizar sus requerimientos formales: una sencilla pantalla, cuando en realidad se necesitaba una proyección más visible. No ocurrió así con espacios exageradamente privilegiados, como el que gozó el montaje Umbrales de Claudia Bueno o la esperpéntica holgura espacial con la que se privilegió 3 en 1, de Ciro Suzzarini. El desaprovechamiento del espacio puso focos cenitales sobre la artesanía y opacó propuestas conceptuales más complejas.

Escena tres, para los peritos: el salón se divide, a grandes brochazos, en tres líneas definidas como Retrato/autorretrato, Conexiones/ desplazamientos y Distanciamientos/ apropiaciones, categorías que favorecen el lugar común del video o la reiteración de discursos intimistas demasiado visitados —por ejemplo, Lucía Pizzani o Suwon Lee— y que terminó por obviar muchas situaciones plásticas que merecían, al menos, un poco de curiosidad curatorial, entre ellas, una vocación expresa de diálogo o parodia con lo moderno formal y la tradición geométrica venezolana en la obra de Esperanza Mayobre e incluso en piezas menos depuradas como el Reflejo infinito de Yoshi e incluso Los circulineados de Elías Crespín.

Obras como Atlas de Bolívar, una excelente e irónica pieza de Eduardo Gil, cuyo cuestionamiento del objeto, lo documental y la memoria como operación colectiva quedó relegada, difusa, por no decir espacialmente marginada. ¿Balance fuera de balance?
Corrección: fuera de control.


 
© 2004. CA Editora El Nacional. Todos Los Derechos Reservados