Papel Literario
Torres de Caracas: Modernidad silenciada
La confrontación de imágenes que actualmente se exhibe en los espacios de la Sala Mendoza, en la muestra organizada conjuntamente con la Fundación para la Cultura Urbana, abre un foro de reflexión pública. La agenda de estas visiones se origina en la interpretación estética de los fotógrafos modernos de los años cincuenta, al tiempo que expone la aproximación de una generación de artistas contemporáneos. El tema es conflictivo; se examinan dos culturas urbanas e históricas radicalmente diferentes: la apoteosis de una modernidad higiénica y el desenfreno de una actualidad desencantada. Una exposición que nos localiza como espías de un paisaje pocas veces revisitado
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Ruth Auerbach William Niño Araque
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“¿Qué ha ocurrido con el proyecto moderno? El modernismo siempre estuvo asociado a la reinvención de la ciudad y del arte como una empresa civilizadora, pero ésta ha sido abandonada en el actual proceso de reestructuración urbana e inserción cultural en el capitalismo global “ Nelson Brissac
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Panoramas de un mismo lugar
“La forma artística es el resultado lógico de un problema bien planteado” Le Corbusier
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I. Paisaje moderno, fin de las formas tradicionales
Lo tangible, el espacio perfecto de la geometría.
Entre 1949 y 1954, las Torres del Centro Simón Bolívar escenifican un teatro de operaciones funcionalistas, un ejemplo único de la arquitectura urbana, multifocal y monumental en Latinoamérica. Diseñadas por Cipriano Domínguez, su aporte a la iconografía de Caracas es emblemático y se fundamenta en la construcción de un panorama utópico de la modernidad, para una ciudad premasificada, que apenas se acercaba al millón de habitantes. El impacto de su imagen como ideal corporativo de la capitalidad, es el resultado del perfecto ensamblaje de arquitecturas encuadradas entre las Torres, los bloques de El Silencio y el trozo de ciudad que las acoge a partir de la avenida Bolívar.
Su inauguración en 1954 marcó el epílogo de la primera modernidad y sentenció el auge de situaciones plenamente modernas; una ciudad que estrenaba entre túneles y autopistas, su hotel en la montaña, sus clubes en las colinas, su villa universitaria y sus descomunales bloques multifamiliares. Las Torres señalan un capítulo intermedio sin nostalgias; un panorama esperanzado, un slogan pleno de una retórica impecable. Un capítulo de la Caracas de hoy —a la distancia de medio siglo— todavía inconcluso a lo largo del Parque Vargas, iniciado en 1939 por Eleazar López Contreras con el Plan Rotival.
Como un desafío urbano, enfrentado a la ciudad tradicional, estas Torres demostraron a Caracas, la ejecución del ideal de la “belleza funcional” : un conjunto arquitectónico estructurado iconográficamente desde una perspectiva asombrosa, signada a partir de la representación del rascacielos y la simetría, como la primera imagen de impacto a escala paisajística que decretaba el fin de las formas tradicionales. Una segunda aproximación, permite observar un sistema de secuencias espaciales estratificadas que se extienden horizontalmente a lo largo de seis cuadras, entre sótanos y plazas aéreas, las cuales conformarían el corazón moderno de la nueva ciudad. La creación de un gran conjunto residencial de aproximadamente 40 edificaciones extendidas a lo largo de la avenida Bolívar, se uniría como complemento a este Centro Federal Administrativo y centro cultural de la ciudad. Una solución volumétrica funcionalista, plenamente moderna, racional y corbusiana. “Una ciudad hecha para la rapidez es una ciudad hecha para el éxito.” Los lineamientos urbanísticos impuestos por la vialidad, establecieron una empresa de construcción sin precedentes en la arquitectura continental (no realizada siquiera en Río de Janeiro o Ciudad de México). A Caracas se le incorporó como “situación exitosa” el tiempo. A partir de esta operación a corazón abierto se desató el sistema que nos agilizaba la velocidad; la avenida Bolívar se hizo subterránea, y esto no impidió las interconexiones viales en sentido norte—sur. Partiendo de estos lineamientos se desarrolló un sistema racional de construcción fundamentado en la continuidad escénica de galerías y escalinatas, una retícula de pórticos de concreto y extensas luces estructurales, lo cual permitía el desarrollo de la más amplia variedad de situaciones espaciales. Como aspecto fundamental de esta experiencia constructiva y de composición urbana, hay que señalar el alarde que significó combinar la formula estructural de concreto con el sistema estructural de pórticos metálicos que soportan los 27 pisos de las torres.
Collage perfecto. El conjunto en su totalidad se ensambla por la sucesión de dos piezas horizontales de apariencia ciclópea, culminada en el extremo Este por dos torres. El cuerpo Norte se dispone simétricamente con el cuerpo Sur y entre ellos se desarrolla una práctica de plazas aéreas que ensamblan el proyecto a la manera de puentes y de terrazas públicas. Ambas edificaciones se estratifican en una compleja red de usos entre los que se disponen: estacionamientos subterráneos, estación central de autobuses, el túnel de la avenida Bolívar, los pasajes subterráneos en sentido Norte—Sur, galerías, centros comerciales, servicios y restaurantes; una planta libre combinada con una galería pública perimetral; dos bloques horizontales de edificios de aproximadamente 10 pisos de altura destinados a usos ministeriales, espléndidas terrazas—jardín y cubiertas visitables; una plaza aérea alfombrada con la visión constructivista de González Bogen, abierta escenográficamente hacia Los Caobos y finalmente, las dos torres de 30 pisos destinadas a los principales ministerios.
Los “cinco puntos” de Le Corbusier expresan impecablemente un dogma de continuidad moderna con el Ministerio de Educación de Río de Janeiro: la planta libre, los pilotis, la terraza—jardín, la ventana horizontal y el brise—soleil declaraban el nuevo vocabulario arquitectónico.
Corredores profundos y verticales, estacionamientos teatrales, escalinatas, detalles en bronce, mármol y mampostería, rampas, el desplazamiento vertical y plazas aéreas, exponen el sentido de una arquitectura higiénica y cartesiana que proponía el edificio como una utopía de ciudad.
El collage perfecto de dos perspectivas urbanas; la abierta, presidida por las torres hacia el espacio infinito del cañón del valle de Caracas y la perspectiva cerrada, enclaustrada hacia los bloques blancos y horizontales de El Silencio; la síntesis de un impecable esquema académico cuya simetría orientaba el crecimiento de la ciudad hacia el Este; el encuentro de las tres principales avenidas de la Caracas (Sucre, San Martín y Bolívar), y finalmente, el descomunal impacto del primer edificio corporativo de los tiempos modernos, dimensionaron la fuerza de este fragmento urbano acabado, irrepetible en su objetivo de hacer de la ciudad una utopía construida.
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II. Paisaje contemporáneo, un laberinto sin centro
Lo inasible, la energía de lo informal.
Sobre las Torres se ha impuesto un nuevo tipo de actividad urbana que identifica un visible laberinto de situaciones incalificables, un desmantelamiento de la infraestructura original, caracterizado por la canibalización del funcionalismo corbusiano, la falta de mantenimiento y el saqueo de los detalles arquitectónicos. Esta devastación sin precedentes, las presentan prácticamente colapsadas desde sus redes de funcionamiento vial, electricidad, aseo urbano, iluminación, sistemas de ventilación y aguas, hasta los procedimientos de seguridad y vigilancia. La infraestructura colapsada se apropia hacia nuevos usos y se expande hacia todos los bordes, intersticios y residuos que quedan de lo público.
La nueva actuación nómada que se instaura sobre las Torres articula una serie de procedimientos y equipamientos paralelos, en una “ciudadela análoga” que se rige bajo condiciones en constante cambio y leyes autónomas. Allí, entre los espacios cartesianos, recubiertos de mármoles, porcelanas vitrificadas y cerramientos de bronce, entre las alturas de escala heroica, entre sus sótanos y plazas aéreas, aparece una mutación que expresa un medio de supervivencia económica. Los quioscos, andamios, carretas rudimentarias, y todo tipo de aparato de reestructuración arquitectónica, fomentan una recalificación de la arquitectura. Estos tinglados desencadenantes facilitan la ocupación del espacio público por habitantes sin vivienda que se enfrentan a la visión convencional de la ciudad. Allí se manifiesta un proceso de exclusión, de cancelamiento en la noche —para algunos aflora el miedo y la paranoia—, de peligro, con horario claramente definido.
Un proceso de trasgresión de lo público a lo privado. Los nuevos usuarios (del 2005) han fundado una ciudad alterna sobre la Plaza Caracas, en una operación de reconquista o invasión del territorio. Podría inclusive identificarse con un nuevo tipo de violencia que desvalija y crea obstáculos a la ciudad tradicional; un asedio cuya masa compacta de buhoneros supera todos los cálculos establecidos. Alrededor de 3.000 puestos ambulantes, de aproximadamente cuatro mts2, se despliegan en una ciudadela habitada por 10.000 viandantes. Se tienden en el piso, se desarrollan sobre mesones o se protegen en habitáculos independientes, cubiertos de plástico o metal, abarcando los modos más indiscriminados de objetos a la venta, los cuales obedecen a un rigor relativamente tipológico: galerías de pantaletas, corredores de peluches, sitios de cuadernos y materiales escolares, paredones de jeans, tinglados de artículos domésticos, puestos de objetos decorativos, esquinas de vestidos, mamparas de periódicos, habitáculos de sexo, pasillos de zapatos deportivos, tarantines de lotería, escaleras de CD y DVD, comederos de fritangas, todo montado sobre una matriz de movilidad que allana los pasajes de los ríos Torbes, Manzanares, Caura, Chama, Apure y Tuy, tres niveles de estacionamiento, dos calles subterráneas y la avenida Bolívar.
Ciudad instantánea. Los habitantes de este paisaje de “crecimiento fugitivo” también se han instalado sobre la Plaza Aérea Diego Ibarra para dedicarse exclusivamente a la piratería de películas en DVD, VCD, video juegos y CD de música. Esta ciudadela de aproximadamente 2.500 unidades de comercio y hábitat, además de actuar como una fábrica o maquila ensambladora a lo largo de un laberinto de más de 25 travesías inexpugnables, tejido entre callejuelas de hierro y metal, se ha expandido y densificado sobre sí misma. Equipa sin normas una babelia para habitar una ciudad ficticia.
En el campo de acciones que identifican las Torres se hace presente la gestión de los Ministerios del Trabajo, Sanidad, Cultura, Ambiente y Recursos Naturales, el vacío de una posible rehabilitación en los bloques horizontales, y también la imagen caótica y resguardada del Consejo Nacional Electoral. El panorama de hoy libera un campo de batalla en el que conviven la racionalidad proyectada por una utopía moderna y el desencanto congestionado de una población contingente.
Las Torres han mutado en un enclave post—arruinado donde conviven zonas abandonadas, empleados públicos y vendedores ambulantes. La matriz inasible de intercambios superpuesta sobre la matriz tectónica de la pulcra geometría cartesiana, deja la apariencia de una zona arrasada, un paisaje terminal cuyo telón de fondo, espejo de una modernidad heroica sólo da paso a la supervivencia.
En pleno corazón de Caracas, la “herencia moderna” se ha convertido en un aparato ideológico usado para respaldar una operación completamente distinta: la apropiación corporativa de los espacios públicos. La arquitectura moderna se ha transfigurado simplemente en un telón de fondo en el que actúan las configuraciones de la informalidad. De espacio público mudó a espacio intersticial y se amplía indefinidamente y se contamina por su relación de proximidad.
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Torres de Caracas: Modernidad silenciada
Sala Mendoza. Del 11 de septiembre al 16 de octubre de 2005
Visiones modernas: Alfred Brandler, Leo Matiz, Foto Estudios Palacios
Visiones contemporáneas: Miguel Amat, Alexander Apóstol, Juan Araujo, Alessandro Balteo, Angela Bonadies, Muu Blanco, Mariana Bunimov, Eugenio Espinoza, José Gabriel Fernández, Alí González, Beto Gutiérrez, Eduardo Kairuz, Mauricio Lupini, Andrés Manner, Cipriano Martínez, Daniel Medina, Luis Molina—Pantin, Nascimento/Lovera, Matías Pintó, Manuel Carballo + Gerardo Rojas
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Criollo moderno Eduardo Kairuz e.kairuz@gmail.com
Mas allá de su condición emblemática como edificio que incluye a Caracas en la lista de ciudades “modernas”, el Centro Simón Bolívar deja ver cómo algunos de los aspectos formales por los que se le considera con cierto automatismo como un edificio absolutamente moderno,se articulan con ideas cuyo asidero se encuentra en el academicismo del siglo XIX. El eje monumental articulado por el edificio emblema, el uso de la simetría como herramienta para la organización del conjunto, la consideración de la trama urbana y la construcción de un borde continuo, armónico y consolidado son otros elementos que también lo conforman y con los que, curiosamente, la modernidad se enfrentó de manera vigorosa. Desde el momento de su concepción, este edificio se vio obligado a nacer como una suerte de híbrido en el que el cruce y la contradicción fueron asumidos como estrategia de actuación proyectual en plena efervescencia moderna. A partir de allí —y muy a su pesar— esta obra se verá transformada en un lugar en el que la trasgresión será legitimada como mecanismo de intervención del símbolo y del espacio público. El Centro Simón Bolívar, a su corta edad, ha pasado de ser emblema a ser fondo escenográfico; de estacionamiento a espacio cívico; de plaza a mercado de calle; de centro comercial a lugar de enfrentamiento.
A esta mirada también válida que lo interpreta como ruina moderna, vale la pena acompañarla por una que rescate su origen impuro y lo entienda como un producto del choque entre ideas y realidades distintas; factores cuya compatibilidad sigue siendo sometida a procesos de adaptación forzada, produciendo efectos inesperados por la raíz que le dio origen. Este amasijo de contradicciones son en parte producto de los procesos de mezcla e hibridación inherentes a nuestra sociedad, y que quizás sean un potencial todavía inexplorado de este conjunto. El Centro Simón Bolívar fue, es y seguirá siendo, puro experimento: un ensayo iniciado hace ya más de 50 años cuyos resultados están todavía por ser precisados.
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